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Por el Comité Científico
I Tres son los archivos de los que proceden los documentos seleccionados: Archivo de la Catedral de León, fondo documental del monasterio de Otero de las Dueñas conservado en el Archivo Histórico Diocesano de León, y fondo del monasterio de Sahagún del Archivo Histórico Nacional de Madrid.
1. Archivo de la Catedral de León. Aunque la existencia de la diócesis de León está atestiguada desde mediados del siglo III, la serie completa de obispos leoneses se inicia a fines del siglo VIII. Desde los comienzos del siglo X se convierte en la iglesia de la capital del Reino de León, lugar donde son coronados los monarcas. Su geografía diocesana fue muy extensa, pero se vio reducida en la Edad Media con las creaciones de los obispados de Zamora y Palencia. Con todo, el territorio diocesano siguió siendo amplísimo, extendiéndose por el norte de la actual provincia de Palencia, la santanderina Liébana, y por el sur a parte de las actuales provincias de Valladolid y Zamora y, por supuesto, a la provincia de León, dividida entre esta diócesis y la de Astorga y en medio de estas dos y de la de Zamora, se hallaba hasta 1955 el enclave de la Vicaría de San Millán, pertenecientes a la diócesis de Oviedo. Nota distintiva del obispado leonés es la extensión que disfrutaba de metrópoli alguna, sólo interrumpida desde 1099, cuando Urbano II la asignó como sufragánea, junto a Oviedo y Palencia, a Toledo 1, hasta 1104, en que Pascual II, ante la documentación presentada por el obispo de León, confirmó la exención a perpetuidad 2. Al igual que ocurrió con Palencia y hasta el año 1120, obispo y canónigos formaban una comunidad monástica, regida por la iglesia de Santa María de Regla (Regula), con que se denominó siempre la sede. Esta institución se mantuvo hasta 1120, cuando el obispo Diego, alegando irregularidades en el funcionamiento de la canónica, reformó la reglamentación del cabildo, dividiendo los bienes, hasta entonces comunes, en mesas episcopales y capitular, y ésta, a su vez, entre las varias canongías establecidas 3. El archivo de la catedral de León ha sido bien conocido desde la publicación en 1919 del Catálogo de García Villada, que constituyó en el momento de su edición un acontecimiento notorio, celebrado por los estudiosos como el modelo a seguir por los otros archivos eclesiásticos de España. Es, sin duda, el más completo en documentos medievales de los catedralicios del antiguo Reino de León y conserva una serie única de diplomas altomedievales, que arrancas con el llamado precepto del rey Silo (775) 4. Tuvo, además, la fortuna de no haber padecido desastres del tipo del que afectó a la catedral de Astorga, cuyo archivo ardió durante la francesada. Por otro lado, a partir del siglo XII disfrutó de una situación envidiable en cuanto a la conservación de los documentos, gracias a la confección del famoso Tumbo legionanse, en cartulario concluido en 1124, en el que se copian cerca de 1.000 escrituras según estaban ordenadas en el archivo catedralicio. La serie de códices diplomáticos, testimonios, a veces, de las sucesivas reformas que conoció el depósito documental, es muy completa (Libro de las Estampas, Libro de los Testamentos, etc.) distribuyéndose en los siglos bajomedievales y modernos, para culminar con el Tumbo de Valbuena, de principios del siglo XVIII, de perfección notoria, que, dado por perdido, fue encontrado, junto a su borrador, entre los libros impresos, cuando Fernández Catón reorganizó el archivo entre los años 1990-1995. Son nueve los pergaminos seleccionados del archivo de la Catedral. Sólo en uno de ellos interviene el obispo como parte en el pleito que mantiene con Nuño González de Río de Aller (facs. nº 16). Relacionado exclusivamente con el cabildo es el testamente de Miguel Arivaldes, en el que una de sus mandas es un caballo “a la kanolica”. El relativo a los derechos que habían de pagar al rey los habitantes de las zonas de Vegamián y Lillo que debemos atribuirlo también a la gestión del obispo (nº 18). Los seis documentos restantes, en principio, nada tienen que ver con la catedral. En su mayor parte son compraventas entre particulares: venta de prado en Noántica (nº 13), una viña en Alcorcequis (nº 8), una tierra en Vega de San Adrián (nº 5a), aunque a éste se le añadió un acuerdo que afectaba a un monasterio de San Martín. Hay además dos documentos de orden judicial: el del rebelde Salvador y del maestro Menendo (nº 3) y el juramento de Galindo declarando que no intervino en la muerte de su mujer (nº 12). Una pregunta que surge de forma inevitable es por qué estos documentos se encuentran en el archivo de la Catedral, cuando se contenido no se advierte que tengan vinculación alguna con esa institución eclesiástica; igual ocurre con el famoso pleito entre los Condes Gutierre y Gómez sobre heredades en Liébana, que fue a parar primero al archivo del monasterio de Santa María de Piasca (Liébana) y luego al archivo del monasterio de Sahagún. Se ha pensado que, en algún caso, los laicos, buscando seguridad, recurrieron a los archivos eclesiásticos para guardar sus documentos particulares, situación ésta que se ha repetido en España hasta el siglo XVII. Pero la solución más lógica, y que se ha podido comprobar en repetidas ocasiones, es que las heredades o alguna de las mencionadas en el documento acabaron formando parte del patrimonio de la institución por donación o compra, de suerte que, al tiempo de entrar en posesión de ella, el propietario anterior hacía entrega del documento que él tenía como título legítimo de propiedad. En el caso concreto del fondo catedralicio leonés, se complica la adscripción de este tipo de documentos porque, como sabemos, a lo largo de los siglos altomedievales y especialmente durante los siglos XI y XII se le fueron añadiendo muchos monasterios repartidos por todo el territorio diocesano y con ellos sus respectivos archivos. Esta situación la refleja perfectamente el Tumbo Legionense, donde los documentos están distribuidos según los distintos archivos depositados en la Catedral: los propios del obispo y cabildo, los de los monasterios de las Santos Cosme y Damín de Abellar, Santa María de Valdevimbre, San Martín de Valdepuelo, Santos Justo y Pastor de Rozuela y de Cillanueva, San Cipriano de Valdesaz, San Antolín del Esla, etc. Pero si el copista del Tumbo dejó de copiar un determinado documento, y éste se encuentra entre los de su fondo archivístico, como ocurre con los que han sido mencionados, hoy es imposible atribuirlo con certeza a uno de estos monasterios, debido a las múltiples reorganizaciones sufridas por el archivo hasta el siglo XX, en las que el antiguo orden de procedencia institucional que se guardaba en los siglos XI y XII fue sustituido principalmente por un orden geográfico de los topónimos contenidos en los documentos. Caso aparte es el documento nº 1 del facsímil perteneciente a este archivo de la catedral, que contiene en su dorso la Nodica de kesos (nº 1b), y que por dos vías podemos atribuir al monasterio de Rozuela. Por un lado, el documento del recto, del año 959, es precisamente una donación “post abitum” al monasterio de Rozuela y, por otro, este mismo monasterio se menciona en la Nodicia, como Recola, con ocasión de un viaje que hizo a ella el rey, al que hemos identificado, casi con toda seguridad, con Ramiro III. El propio Tumbo inserta la donación “post obitum” bajo el epígrafe del fondo procedente de Rozuela. Gracias al estudio que dedicó J. Rodríguez Fernández al monasterio de los Santos Justo y Pastor de Ardón 5, sabemos que estaba constituido por la unión de dos monasterios, puestos ambos bajo la autoridad de un mismo abad. El primero en ser fundado fue el de Cellanova, emplazado en las inmediaciones de la actual Cillanueva. El segundo, llamado de Rozuela, fue creado por la propia comunidad de Cillanueva, y es hoy un despoblado a dos kilómetros de Ardón en dirección Norte. Fueron estos dos cenobios unos más de los muchos que surgieron en la primera mitad del siglo X, asegurado el Reino astur-leonés con la ocupación del Duero frente a los musulmanes. Algunos de ellos se engrandecieron y perduraron con el paso de los tiempos: Silos, Escalada, Eslonza, Celanova, etc. Aunque no se tenga en cuenta el documento de 915, que podría entenderse como el fundacional del monasterio de Rozuela 6, pero sobre cuya autenticidad convendría llevar a cabo un detenido estudio, el primer diploma fiable se remonta a 932, y desde este año hasta 1037 se ha podido reconstruir la lista de abades sin interrupciones notorias. Hemos de advertir que, aunque dependientes los dos cenobios de un único abad, los archivos de ambos se mantuvieron separados y así ingresaron en la Catedral. Esto lo pone de manifiesto el Tumbo Legionense, en el que se transcriben separadamente, bajo epígrafes distintos, los documentos de Cillanueva y los de Rozuela. El monasterio de Rozuela se integró plenamente en la catedral poco después de 1037, o tal vez de 1049, fecha esta última en que aparece citado entre las cartas de Rozuela el último abad conocido, llamado Citi. Por cuanto puede contribuir a precisar la data de confección de la Nodicia, debemos referirnos a una profunda crisis que sufrió el monasterio de Rozuela a mediados del siglo X a causa de una litigio entre el presbítero Daniel, que regía la institución, y un personaje llamado Vicente, que alegaba que el monasterio le pertenecía. De resultas de esta situación, la vida monástica llegó a desaparecer, hasta que unos años más tarde, a instancia de la monja Elvira, regente del Reino, y por medio del obispo leonés Sisnando, se restauró el monasterio y se entregó a Ariende, pariter cum sodalibus suis. Todos estos acontecimientos se encuentran narrados en un documento -existen de él dos versiones- por el que la tía y regente Elvira y el rey Ramiro III entregan a la restaurada comunidad los bienes que había poseído anteriormente el monasterio. Este documento 7 está fechado el 21 de julio de 974. Es casi seguro que la traditio chartae, es decir, la entrega del pergamino por el rey Ramiro se hizo en el propio monasterio y en la fecha consignada en el diploma, lo que supone que el joven monarca hizo un viaje a Rozuela. Por otros casos semejantes, repartidos por toda la geografía del Reino, sabemos de la costumbre de dar la mayor solemnidad a actos tan importantes para los hombres de los siglos X y XI, como eran las fundaciones o restauraciones de centros religiosos. Y la mejor manera de solemnizarlos era la presencia del rey, acompañado de los principales personajes de la corte. En esta restauración de Rozuela, junto a Ramiro III, la regente y el obispo de León, actúan como confirmantes cuatro abades y once clérigos, trece magnates y otros diez nobles de rango inferior, todos los cuales presumimos que estuvieron presentes en el acto litúrgico de la restauración y en el ágape que se ofrecería a los asistentes, entre cuyos platos sería razonable pensar que figuraban los cuatro quesos que menciona la Nodicia.
Desde comienzos del siglo X, con el rey Alfonso III, tenemos atestiguada con seguridad la existencia del monasterio de Sahagún; de una manera especial cuando en octubre del año 904 el citado rey otorgó al abad Alfonso y a sus monjes la jurisdicción sobre los habitantes de Calzada del Coto, con el fin de ir consolidando el asentamiento de la comunidad establecida en Domnos Sanctos (santos Facundo y Primitivo). De unos de éstos, san Facundo, tomaría con posterioridad su nombre el propio cenobio y la villa que fue surgiendo en su entorno 8. La gran batalla benedictina del Cea protagonizó, especialmente en el siglo XI, un gran desarrollo económico y cultural, como ni antes había tenido ni pudo mantener después. Con anterioridad al siglo XI, las campañas musulmanas impidieron toda posibilidad de florecimiento y tras la muerte de Alfonso VI, en el año 1109, el tumultuoso reinado de doña Urraca y las rebeliones de los burgueses, entre otros hechos, dieron al traste con gran parte del protagonismo del cenobio, adquirido como consecuencia de su buen hacer, del fervor de los fieles y del apoyo de los reyes de León, entre los que cabe destacar, por encima de todos, al rey Alfonso VI. Durante ese siglo XI, el de Sahagún se convirtió, quizá, en el monasterio más importante de España. De ello son testigos los amplios y valiosos fondos documentales que han llegado hasta nuestros días 9. El de Sahagún, en representación de los monásticos, y el del archivo de la catedral de León, entre los seculares, constituyen dos de los conjuntos documentales altomedievales más importantes de toda la Península Ibérica. Si entre los documentos que ahora se reproducen en facsímil solamente se ofrece uno del fondo de Sahagún, ello se debe, probablemente, al destacado nivel cultural del monasterio del Cea (por ejemplo, en cuanto al mayor y mejor uso del latín) como consecuencia de sus estrechas relaciones con el de Cluny; pues, no en vano, como el papa Gregorio VII manifiesta en 1803, en su bula dirigida al abad Bernardo prometiendo el amparo al monasterio de toda intromisión de poder eclesiástico o civil, se aspiraba a que lo que Cluny representaba para Francia, lo fuera Sahagún para España 10. “sicut illud in Gallia, ita istud in Ispania ...”. El documento del fondo de Sahagún, aquí reproducido (nº 14), se encuentra dentro del riquísimo conjunto de pergaminos de la Sección “Clero secular y regular” del Archivo Histórico Nacional de Madrid. En él se recoge el conflicto que venía enfrentando a los condes Gutierre y Gómez, a causa de diversas heredades y derechos que tenían en Liébana. Los hechos y la ubicación de los bienes en litigio, no parece, en principio, que pudiera justificar la inclusión de este pergamino dentro del fondo facundino. Sin embargo, las notas que aparecen en el dorso del documento, y que se han transcrito en su lugar, nos indican claramente que éste perteneció al conjunto documental del monasterio de Piasca y que se incorporó al monasterio de Sahagún como integrante del fondo documental de Piasca, el cual se integró en el monasterio de Sahagún, al parecer, con posterioridad al año 1110, fecha en que Munio habría terminado de copiar el conocido Becerro Gótico de Sahagún, puesto que el documento de los condes no fue copiado en el cartulario.
3. Archivo del monasterio de Otero de las Dueñas del Archivo Histórico Diocesano de León. En su Introducción del Catálogo de documentos del monasterio de Santa María de Otero de las Dueñas 11, don Raimundo Rodríguez hace una breve reseña histórica del mismo y, a la vez, deja constancia de las vicisitudes por las que pasó un grupo de pergaminos que, cedidos a don Laureano Díez Canseco para fines científicos, únicamente fue devuelta en 1933 una parte de ellos desde la Universidad Central de Madrid, siendo imposible, no ya recuperar los otros que allá quedaron, sino conocer su paradero, a pesar de las muchas gestiones llevadas a cabo para ello. Sin embargo, ninguna mención hace R. Rodríguez sobre la disgregación que este fondo documental había sufrido por parte de otras personas, pasando no pocos documentos a engrosar archivos privados. Otero de las Dueñas es un pueblo, a unos treinta kms. de León, cerca de La Magdalena y en la margen izquierda del río Luna, que perteneció hasta 1954 a la diócesis de Oviedo, fecha en que pasa a la de León, como resultado de la reestructuración territorial de estas diócesis. El monasterio fue fundado en 1240 por doña María Núñez de Guzmán, monja del monasterio de Carrizo, condesa de Villalba de la Loma, hija del conde Nuño Meléndez y de Urraca López de Haro. Ésta fue hija del conde Lope Díaz de Haro, señor de Vizcaya, y de Aldonza, y tercera esposa de Fernando II, rey de León, con quien tuvo descendencia antes de contraer matrimonio, celebrado poco antes de morir Fernando II. Era también María Núñez de Guzmán nieta de la condesa Maria Froila, hija de los condes Froila y Estefanía, fundadora ésta del monasterio de Carrizo. Por su parte, Nuño Melendez, era hijo del conde Melendo Núñez y de la condesa María Froila, hija, a su vez, del conde Froila Dídaz. Estos orígenes dinásticos de la fundadora hicieron que el monasterio de Otero de las Dueñas naciera con una gran dote de heredades y derechos que habían pertenecido a los ascendientes de la fundadora, viéndose enriquecido el monasterio con un abundante patrimonio documental que acreditaba la propiedad, por doble rama condal, de estos bienes poseídos por su fundadora y donados al monasterio. Estas propiedades se extendían por las zonas norte y noroeste de León y por otros lugares leoneses y en territorios asturianos limítrofes con León. Con razón se ha dicho, por cuantos han estudiado este fondo documental de Otero de las Dueñas, que nos encontramos con el más importante archivo nobiliario altomedieval de España. El archivo no sólo recibió gran cantidad de documentos anteriores a la fecha de fundación, sino que la propia fundadora, sus sucesoras y allegados los incrementarion con más documentos, fruto de nuevas acciones administrativas y jurídicas. Desconocemos, debido a las vicisitudes por las que pasó este archivo, como luego se dirá, el montante al que ascendía su patrimonio documental. La historia del monasterio está llena de incidencias. Se crea bajo la orden del Cister, pero pronto surgen los pleitos con el monasterio de monjas cistercienses de Gradefes, al exigir éste que el de Otero estuviera bajo su jurisdicción, ratione filiationis, como el de Gradefes lo estaba del de las Huelgas de Burgos. Durante varios siglos estuvieron litigando, hasta que Pío VI, en 1796, abolió toda dependencia del monasterio de Otero de cualquier otra jurisdicción monástica, no solo del de Gradefes, sino también del superior general de la Orden del Cister, quedando sujeto únicamente a la jurisdicción del obispo de León. Así continuó hasta los aciagos días de la revolución del año 1868, en que, el día 30 de noviembre, fueron expulsadas violentamente del monasterio las monjas que allí habitaban e incautados monasterio y propiedades. Si el archivo estuvo intacto en el monasterio hasta esta fecha, estos incidentes darán origen a una nueva y triste etapa: fue entonces, en 1868, cuando se disgregó, pasando una parte de la documentación al Estado (conservada hoy en el Archivo Histórico Nacional), y la casi totalidad al obispado de León, del que dependía jurídicamente el monasterio desde 1796; algunos documentos y libros se dispersaron en casas particulares de la zona del monasterio. Sobre el traslado del archivo del monasterio al obispado de León es de suma importancia la carta que en 15 de mayo de 1883 escribía desde Comillas el hasta entonces obispo de León, don Saturnino Fernández de Castro, preconizado arzobispo de Burgos, a don Juan de la Cruz Salazar, nombrado ecónomo de la Mitra, sede vacante. En ella se dan datos de interés sobre la desaparición de la iglesia del convento, de las dos únicas monjas que vivían de aquella comunidad y que él las había trasladado en agosto de 1882 al monasterio de Gradefes; del retablo de la iglesia indica que se trasladó al Palacio Episcopal, con ánimo de que sus cuadros adornasen un poco sus desnudas paredes. Y añade: “Más importancia tiene lo del archivo, que afortunadamente se salvó hace pocos meses; pues las monjas lo habían dejado en Otero desde el 1868, encerrado no sé en que arcón ó baúl, y habría perecido por la humedad o comido por los ratones sin la feliz circunstancia de haber tenido necesidad el Sr. Castrillón de consultar dicho archivo para uno de sus trabajos de antigüedades eclesiásticas. Con este motivo se hizo venir el baúl y se colocó en ese archivo del Palacio Episcopal, a donde fue muchos días D. Juan Castrillón a hacer sus estudios, cuyos buenos resultados publicó ya en el Boletín 12. Dicho Sr. Castrillón opinaba, y me parece que con mucho fundamento, que esos importantes papeles y legajos de Otero debían ordenarse y conservarse en el Archivo Episcopal. Así las cosas, vino mi preconización, y me creo en el caso de advertirlo a V. y al Sr. Vicario Capitular para que acuerden lo conveniente y recojan la llave del baúl, y el nuevo Prelado sepa la historia ”. La documentación que pasó al archivo del obispado sufrió en la primera mitad del siglo XX una irracional y anticultural dispersión entre personas allegadas al obispado, constituyéndose importantes fondos privados, surtidos con el expolio del fondo principal. Ya R. Rodríguez, como se ha dicho al principio, hace mención de los documentos que se llevó a Madrid don Laureano Díez Canseco, sin que volviera al archivo diocesano de León un grupo importante. En este despojo se ha de mencionar el Fondo Miguel Bravo, hoy ya en el Archivo Histórico Diocesano, por entrega que hizo de él en vida al obispo de la diócesis, don Luis Almarcha, salvo algunos documentos que cedidos por Bravo a D. Ramón Menéndez Pidal, D. Antonio C. Floriano Cumbreño y D. Manuel Gómez Moreno para sus estudios, y de los cuales unos se pudieron recuperar, pero otros no volvieron al archivo original, como recientemente se ha demostrado; nos referimos al nº 15 del facsímil y otro documento, que en breve será incluido en el volumen II de la Colección documental del monasterio de Santa María de Otero de las Dueñas, que preparan José Antonio Fernández Flórez y Marte Herrero de la Fuente; estos dos pergaminos aparecieron en el Catálogo de Soler y Llach, de 8 de mayo de 1995, para ser vendidos en pública subasta; el primero al precio de 1.200.000 pesetas, el segundo, de fecha más tardía, por 300.000 pesetas; Fernández Catón, que entonces formaba parte de la Comisión de la Junta de Calificación, Valoración y Exportación de Bienes del Patrimonio Histórico Nacional, del Ministerio de Cultura, al ver la reproducción de este documento en dicho catálogo, puso en conocimiento de dicha Comisión que tal pergamino pertenecía al fondo documental de Otero de las Dueñas, del Archivo Diocesano. Gracias a sus oportunas y eficaces gestiones y a la buena disposición del librero D. Guillermo Blázquez (“Libros Antiguos”, Madrid, Carrera de San Jerónimo, 44), propietario de ambos pergaminos por compra, y a quien expresamos públicamente nuestro agradecimiento, pudieron recuperarse de forma gratuita e incorporarse al Archivo Histórico Diocesano de León. Menéndez Pidal al editar el documento nº 15 dice de él: “Documento poseído por D. Miguel Bravo, en León, 1919”; posteriormente estos dos documentos, y suponemos que algunos más, fueron cedidos por Bravo a D. Antonio C. Floriano Cumbreño, sin que conozcamos el número de documentos cedidos y devueltos. Lo cierto es que al fallecer éste, los hereda su hijo Pedro Floriano, quien los vende con otro lote de documentos al mencionado librero de Madrid. ¿Cuántos otros documentos del fondo Bravo se han quedado por el camino? Lo ignoramos. También formó parte del archivo del monasterio de Otero el Fondo Torbado, compuesto por un centenar de pergaminos, hoy en parte publicados en el volumen I de la mencionada Colección documental del monasterio de Santa María de Otero de las Dueñas, y en breve saldrán los documentos anteriores a 1300 en el volumen II de dicha Colección y ello gracias a unas fotografías conservadas por D. Manuel Viñayo González y D. Alfonso Prieto. D. Juan Crisóstomo Torbado, arquitecto diocesano, se llevó a su casa algunos de aquellos pergaminos que había en el obispado; pasaron después a su hijo D. Juan Torbado, y al fallecer éste, a su viuda, hoy igualmente fallecida, sin que las muchas gestiones realizadas hayan dado resultado alguno para dar con el paradero de estos documentos. Parece oportuno indicar que el documento más antiguo del que se tiene noticia del archivo monástico de Otero estaba dotado el 6 de mayo del 854 y pertenecía a este Fondo Torbado; se trata de una donación de Ordoño I de la villa de Orede (Valdoré) y fue publicado por primera vez por D. Claudio Sánchez-Albornoz 13. Este documento desapareció del fondo Torbado con anterioridad a su fallecimiento y consta que fue utilizado por Floriano Cumbreño en su Diplomática Española del período astur 14. Por fin, el mismo archivero catedralicio, D. Raimundo Rodríguez, tenía una pequeña colección de pergaminos de Otero de las Dueñas, que, al parecer, recuperó de los que poseía D. Juan Torbado, y aunque la voluntad de D. Raimundo, muchas veces manifestada en las reuniones dominicales que celebraba el Centro de Estudios e Investigación “San Isidoro”, presididas por el obispo. D. Luis Almarcha, fue la de reintegrarlos al Fondo Otero de las Dueñas del Archivo Histórico Diocesano, sin embargo, no llegó a realizarlos en vida, y a su fallecimiento pasaron al archivo de la catedral, donde ahora se encuentran formando el Fondo Raimundo Rodríguez. El valor excepcional de esta colección diplomática en sus variados aspectos de antigüedad, históricos y filológicos hizo que se considerara como una especie de presa a conquistar por cuantos de una u otra forma tuvieron acceso a ella. En la Introducción que los Dres. Fernández Flórez y Herrero de la Fuente publican en el primer volumen de la Colección documental del monasterio de Santa María de Otero de las Dueñas (854-1108) se hace mención del valor de estos documentos. El valor filológico de la colección documental de Otero de las Dueñas ha sido el motivo de ofrecer en esta edición facsímil los documentos nos 2, 4a, 4b, 6, 7, 9, 10, 11, 15 pertenecientes al Fondo Otero y al Fondo Bravo. ____________ 1 Rivera Recio, La iglesia de Toledo, 150. 3 Fernández Catón, Colección catedral de León, V, doc. 1367. 7 Sáez - Sáez Sánchez, Colección catedral de León, II, docs. 432 y 433. 8 Fernández Catón, Martirio y reliquias de Facundo y Primitivo, 67-79. 10 Herrero de la Fuente, Colección de Sahagún, III, doc. 809. 11 R. Rodríguez, Otero de las Dueñas (Archivo Episcopal de León), León 1948. 13 Fernández Florez - Herrero de la Fuente, Colección de Santa María de Otero, doc. 1. |
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